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Nuevo¡Que viva la música!
0$ 59.000¡Que Viva la Música! es una novela de iniciación. Es la invitación a una fiesta sin fin, donde su protagonista dejará que el mundo baje hasta el pozo sin fondo de sus propios excesos. Pero con felicidad. Con absoluta dicha. Hay un pacto secreto con la muerte en esta danza de María del Carmen Huerta, la rubia protagonista de sus páginas. Pero es la muerte dulce de las celebraciones: el paisaje, los afectos, la noche, la niñez que huye, la adolescencia triunfal, el rock and roll, los Rolling Stones, la salsa, Ricardo Ray, Bobby Cruz, las drogas, Cali (o Kali, según la ortografía de la narradora). Es, así mismo, una iniciación al descubrimiento de una ciudad colombiana (única, mágica e irrepetible), que comienza por el cielo del norte, con su Avenida Sexta, su parque Versalles y sus parajes mágicos, hasta llegar al infierno del Sur con su caseta Panamericana, su río Pance, sus barrios más allá de Miraflores, su cordillera de los Andes alada y los refugios de la salsa y el sexo.
Andrés Caicedo, el autor de este viaje-hacia-el-deliro verbal, pondría fin a su vida el mismo día en que tuvo el ejemplar publicado de la presente novela. El tiempo pasó mucho más rápido de lo que la muerte anticipa. ¡Que viva la música! se convirtió en un libro de culto, en un manifiesto generacional y en una especie de guía de los excesos, de manual de los bajos instintos, de tesoro de la juventud perdida, el cual se lee con el placer de aquel que se lanza hacia el abismo con una consigna: “tú enrúmbate y después derrúmbate”.
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NuevoCorrespondencia 1970-1973
0$ 72.000¿Las cartas forman parte de su obra o es preferible destruirlas antes que dejar pistas para la posteridad de los secretos develados a sus destinatarios? En el caso de Andrés Caicedo (Cali, Colombia. 1951–1977) el asunto se multiplica puesto que, hasta el viernes 4 de marzo, el día de su suicidio, el escritor no dejaría de comunicarse, con un afán sin tregua, a través del refugio de la correspondencia. Las cartas, para Caicedo, se convirtieron en otra manera de practicar la urgencia de su literatura, tal como lo hizo a través del teatro, los guiones, la crítica de cine, los cuentos, la poesía y la novela. Para Caicedo, escribir cartas era una necesidad que se confundía en la disciplina extrema con la que abordó sus ficciones. Como en el caso de su admirado H. P. Lovecraft, Caicedo no solo dejó constancia de su paso por el mundo a través de extensas cartas, sino que sacó copias de todas ellas en papel carbón y las dejó en sus archivos debidamente organizadas para un futuro improbable.
En este primer tomo, se reúne la correspondencia iniciada en 1970, cuando el autor contaba con 19 años y comienza a comunicarse con familiares y amigos a través de cartas a mano o a máquina. El volumen se extiende hasta el año 1973, cuando Caicedo viaja a Estados Unidos, con la idea de vender algunos guiones en Hollywood. En este período, el autor consolida su vocación literaria y, cómo no, la necesidad de establecer un vínculo epistolar con aquellos que se encontraban en la distancia. -
NuevoCorrespondencia 1974-1977
0$ 75.000La correspondencia de un escritor, de un artista, o de un hombre público, sirve para que conozcamos más a fondo, su vida íntima, su vida privada, cuáles son sus angustias y sus carencias, cuales sus amores y amistades. El siglo XVIII y también el XIX, fueron campo fértil para la literatura epistolar. Existen valiosas recopilaciones de la correspondencia de grandes escritores, como Flaubert, Balzac, Stendhal; las emotivas cartas de Van Gogh a su hermano Theo, que son por sí solas una obra literaria. Podríamos extendernos en el tema, porque es, desde el punto de vista histórico y social, muy interesante. Nos permite muchas veces conocer las costumbres de una época; como pensaba la sociedad en ese momento, sobre diversos temas. El amor, la amistad, la vida política. En fin, muchas cosas. Las cartas de un escritor, pueden ser parte muy importante de su obra. Pero también, y eso depende tal vez, de su genio como artista, de su grandeza como escritor, de su estilo y de su legado literario, puede perderse, digo, esa correspondencia, en la banalidad de la vida doméstica, en el gris acontecer de todos los días. Andrés Caicedo es un mito de la literatura caleña. Dicen que los elegidos de los dioses mueren jóvenes y Caicedo escogió morir joven. Dijo el poeta: “hay que matarse para no morir”. Y Andrés Caicedo, que había vivido intensamente, que había asumido su papel de escritor, de fervoroso aficionado al cine, a la música, a todo lo que fuera cultura, quemó sus naves y decidió partir. Dejó una obra caótica como su espíritu. Una novela juvenil que es como El Guardián entre el Centeno, de los adolescentes caleños, unos cuentos, muchos artículos y crónicas de cine y un recuerdo entre quienes lo conocieron y compartieron su vida de adolescente apasionado, angustiado, sumergido en la ambivalencia de querer ser feliz, de amar y ser amado y tal vez con el anhelo inconcluso de dejar una obra perdurable. Tal vez su correspondencia nos ayude a correr el tupido velo de su enigma vital.